CAPÍTULO 8

A Simon, porque somos como Hannah y su novia.

Pasamos unas semanas juntas de un lado a otro de Oxford. Se empeñó en que tenía que relajarme y disfrutar un poco más de la vida y no quiso ir a ningún lugar hasta entonces. Así que me trató como a una amiga de siempre y me llevó a cenar con los suyos, que eran de lo más divertidos e interesantes, y me parecieron muy sofisticados con su vino de marca y su tabla de quesos. La mayoría de ellos pertenecían a un ámbito académico y estaban divorciados o nunca se habían casado. Yo los escuchaba hablar a todos y me maravillaba la forma en que se reían, cómo se conocían los unos a los otros, la confianza con la que hablaban de su intimidad y la confianza con la que la escuchaban.

Fuimos juntas a Londres para que yo recogiera mis cosas del hotel y allí conocí a su novia. Una vez más, no podía dejar de admirar a esa mujer. La relación que tenía con su novia, tan sana, tan divertida, tan verdadera. Se besaban con cariño, se hacían cumplidos, se miraban con ternura. Había en ellas un halo de sentido del humor que les hacía ser siempre felices, como hechas la una para la otra; se besaban en la nariz, se mordían con fuerza para que la otra se enfadara. Compartían lecturas, hablaban de la misma canción y la escuchaban en alto; intentaban bailar pero parecían muy patosas y se decían te quiero, te amo o te admiro todos los días. Se contaban historias, se servían vino la una a la otra, se preguntaban todo con respeto y se abrazaban muy fuerte. Cuando volvimos a Oxford, despidiéndonos, Hannah le dijo: “La próxima vez que nos veamos habré acumulado suficiente amor como para hacerte feliz de nuevo”.

No me sentía incómoda, en absoluto, con Hannah paseándome por su vida como si nada y dejándome ser espectadora, porque me encantaba observar la vida simple y feliz que tenía. Ella se comportaba de forma espontánea tanto con la gente de su entorno como conmigo, y yo no entendía muy bien por qué sucedía todo eso pero nos estábamos cogiendo mucho cariño. Por las noches, antes de dormir, cuando nos quedábamos solas, charlábamos, y ella me contaba un montón de historias de mitología japonesa. Otras veces nos pasábamos la tarde leyendo en el jardín, si hacía bueno, o en sus mullidos sofás, si se ponía a llover sin parar. Preparaba unos sándwiches de queso y aguacate deliciosos y un té helado de lo más refrescante. Dábamos largos paseos y nos preguntábamos cosas, así que llegamos a conocernos muy bien. Una vez me confesó que le pareció un alivio que su padre se hubiera muerto.

– Solo podía ocuparme de él, pensar en él, cuidarlo, y me sentía terriblemente mal cada vez que hacía planes con mis amigos o con mi pareja. Me consumía no tener la libertad suficiente como para poder ir de un lado a otro sin sentir culpa. Llegué, incluso, a sentir culpa por estar agotada de él y, al final, me despertaba y me acostaba sintiéndome un monstruo. Quería que se muriera porque, solo así, solo perdiendo la vida de mi padre iba a recuperar la mía. Después cogí dos años sabáticos para recuperar el tiempo perdido y para calmar mis emociones. ¿Tú crees que soy un monstruo, Ingrid?

Por primera vez desde que conocí a Hannah pude ver en ella una sombra de vulnerabilidad con esa pregunta que me había hecho. No, por supuesto que no, rotundamente no, no me parecía un monstruo. Me seguía pareciendo la persona más maravillosa y admirable que había conocido jamás y su delicada sinceridad la hicieron tan humana y real que me entraron ganas de llorar. Llorar por estar cerca de alguien, por primera vez en mi vida, que me aportaba algo inexplicablemente positivo.

Un día estábamos en el jardín con una copa de vino blanco, unas aceitunas y el gato del vecino correteando de un lado al otro. Yo iba detrás de él intentando darle un poco de mi amor pero no conseguía cazarlo. Hannah, de pronto, tras un sorbo de vino, me dijo: “mañana nos vamos a Liverpool, querida”. Me quedé ahí parada, en mitad del jardín, recuperando el aliento que había perdido persiguiendo al gato, mirándola atónita. Así era ella, esperaba a situaciones cotidianas que te distraían para decirte algo como que dentro de dos horas la casa se iba a llenar de amigos suyos para celebrar el cumpleaños de quien sea.

Me quedé pasmada porque no me esperaba ese viaje. Creo que esas semanas con Hannah fueron suficientemente buenas como para formar una burbuja de protección, una zona de confort, que hicieron que ahora me aterrara conocer más cosas de mi propia vida. Solo pude decir que vale, claro, si es que ya era hora de ir.

Allí nos plantamos, en la estación de Liverpool, a las diez de la mañana, yo con la cara un poco descompuesta y Hannah frotándose las manos saboreando la cantidad de actividades que quería hacer. Por supuesto, lo primero que quiso hacer fue ir al estudio del pintor para que saliéramos, en plural, de dudas cuanto antes.

Se llamaba Mamadú y era un africano emigrado a Portugal durante su infancia y después a Liverpool, donde vivía desde su juventud. Su estudio estaba lleno de óleos donde retrataba la cultura africana con una técnica espectacular, unos colores muy vivos, cierta falta de perspectiva y rasgos cubistas en algunas expresiones. Era realmente bueno y se había ganado, con el tiempo, cierto reconocimiento en la ciudad. Su hija, que tendría más o menos mi edad, se encargaba de la galería, justo al lado del estudio, conectados ambos por un minúsculo patio interior.  

Hannah hablaba casi todo el rato por mí y Mamadú me miraba con cariño, quizá con un poco de dulce condescendencia, cuando se dirigía a mí. No obstante, me daba la impresión de que ya estaba al tanto de la razón de nuestra visita. Cuando terminamos de hablar y de todo tipo de presentaciones formales y actualizaciones, Mamadú me pidió que lo acompañara a una esquina del estudio. Hannah no me acompañó. Era hombre de pocas palabras pero su rostro era muy expresivo y sus manos me señalaban siempre hacia dónde tenía que mirar. Se dirigió a unas cortinas de terciopelo que cubrían una pared de la que había colgado un inmenso cuadro de la sabana africana con todos los colores perfectamente definidos; todos, menos uno, el del cielo, que era blanco iridiscente. Miré, extrañada, a Mamadú, que me hizo un gesto con los ojos para que siguiera observando. Entonces vi, por entre los reflejos del cambiante color, como si de un quinescopio se tratara, la vida de un niño pequeño, en lo que parecía África, corriendo descalzo por alrededor de una mujer que está amasando pan y lleva un bebé a sus espaldas. Si movía los ojos ligeramente podía ver también a ese mismo niño sonriendo, llorando, durmiendo, bailando, abrazando a su mamá, paseando de la mano de su padre. Pude ver, en una fracción de segundo, toda la infancia de Mamadú.

– Eso es lo que sucede si pintas con el blanco más blanco del mundo. No solo está compuesto por todos los colores sino que, además, es capaz de reflejar una sola fracción de tiempo en un solo punto del universo. Si el bote entero lo hace con todo el universo en todos sus puntos, unas solas gotas lo hacen de forma parcial. En mi caso, reflejó lo que yo evocaba mientras pintaba el cuadro.

En mi asombro, donde tuve la sensación de que me iba a desmayar en un par de ocasiones, vi a Hannah que nos miraba de lejos, con una sonrisa tierna, como la que te sale cuando eres testigo de cómo un niño aprende algo nuevo. Agitó su mano, invitándonos a sentarnos a un sofá de la galería, donde había preparado unas copas de champagne. Nos acomodamos Mamadú, su hija, Hannah y yo, y las tres escuchábamos a Mamadú hablar.

– Supe de la existencia del bote de pintura y el Aleph que contenía dentro y, como pintor, lo primero que se me ocurrió fue querer descubrir cuál sería el resultado de usarlo en uno de mis cuadros. Tu padre – dijo, dirigiéndose a Hannah – era consciente de mi deseo y, en cuanto lo tuvo en sus manos, contactó conmigo para vendérmelo. La energía, la fuerza y la intensidad emocional que sentí mientras pintaba con él el cielo del cuadro son inexplicables. Revivir mi infancia de esa manera, poder verla cada vez que cambiara de ángulo, y para siempre, era mi más preciado tesoro. Quise dibujar más pero mi hija se puso muy enferma y necesitaba más dinero para el tratamiento, así que tuve que vender el bote de pintura. No fue difícil. Del cuadro nunca tuve que deshacerme pero no lo tengo expuesto porque me da miedo que se dañe el color.

– ¿A quién se lo vendiste? – pregunté, con un hilo de voz.

– A un señor de Bath. Un señor muy millonario de Bath.

Publicado por

Isabel

Madrid, 6 de julio de 1993 - Estudié filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid y tengo la inmensa suerte de dedicarme a ella cuando no tengo que trabajar.

2 comentarios en “CAPÍTULO 8”

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