CAPÍTULO 6

Estaba decidida a encontrar a mi padre y decirle, en primer lugar, que su madre había muerto y, en segundo lugar, que qué era esa cosa del blanco más blanco del mundo mundial mundialísimo. Ya me había dado uno de esos ataques de frustración y valentía que me daban cuando creía que podía solucionar mi mundo en cinco minutos.

En la maleta llevaba mis prendas favoritas, un par de libros por si se extendía el viaje y una libreta en la que pretendía hacer una especie de crónica de viajes pero que después dejé en blanco.

Hacía un día maravilloso con el cielo completamente despejado y una dulce y suave brisa entraba por la ventanilla del taxi, camino ya al aeropuerto. Totalmente diferente a lo que me encontré al llegar a Londres: una lluvia torrencial impregnada de humedad.

La habitación del hotel era una especie de estudio con una cocina muy pequeñita, una cama de lo más cómoda y un baño. Allí pasaría dos semanas, aproximadamente el tiempo que había calculado quedarme allí, aunque no tenía ninguna prisa y, por supuesto, no iba a volver a España sin respuestas que me dejaran tranquila. Estaba hospedada a unas cuantas paradas de metro de la tienda de antigüedades y, si salía ahora, llegaría con el tiempo justo antes de que cerrara. O esa fue la excusa que se inventó mi mente para atrasar un momento que me aterraba.

Fui al supermercado a por comida, coloqué mis objetos personales, me di una ducha, leí un rato, me preparé un té caliente y, mientras hacía todo eso, un pensamiento me decía que cómo podía hacer todo con tanta tranquilidad si en unas horas probablemente estuviera hablando con mi padre. Otro pensamiento rebatía ese argumento diciendo que a ver, no exageres porque no sabes ni si tu padre está vivo. Después otro que dijo que todo eso, claro, si la tienda esa sigue abierta y con el mismo dueño porque Google lleva tiempo sin actualizar. Yo los hacía callar a todos con una actividad absurda, pero era como si esperaran de brazos cruzados a que terminara de hacer cualquiera de mis cosas cotidianas para volver a acribillarme. Finalmente, me quedé dormida con una serie patética de fondo.

Me desperté a la mañana siguiente con el mismo temporal con el que había llegado, pero las nubes eran blancas y reflejaban muy bien la luz. Preparé café, tostadas y fruta: estaba hambrienta. Y, con las mismas, me fui a la tienda de antigüedades, aunque antes pasé a comprarme un chubasquero azul cielo que me llegaba casi por las rodillas, feísimo, pero que me protegería de la incesante lluvia.

La puerta tenía arriba del todo un carrillón que sonó en cuanto entré. El interior era oscuro y frío, con un montón de estanterías llenas de cosas. Era de tamaño mediano y, al fondo, había un mostrador con tan solo una libreta y un lápiz encima. No vi a nadie alrededor así que me di una vuelta para inspeccionar todos esos objetos viejos y sucios amontonados en estanterías o en el suelo. Había, al menos, una decena de radios, una estantería llena de vasijas, relojes inmensos, baúles, mesas, lámparas, teteras, casitas de muñecas y objetos que no pude identificar.

Al rato, salió de la trastienda un hombre de mediana edad, sonriente y muy elegantemente vestido. De forma confusa, le conté que estaba buscando al dueño de la tienda porque pensaba que podía conocer a mi padre y este volvió al sitio desde el que apareció. Pasaron unos diez minutos hasta que vi salir a un señor muy mayor, octogenario casi, con una barba muy corta y blanca, gafas redondas inmensas y un bastón negro y dorado. Me dirigió a la zona de la tienda más alejada de la puerta y nos sentamos en unas antiguas sillas que rodeaban una antigua mesa que tenía varios relojes y un par de radios encima.

– Yo hablo español. Mi padre era de España – dijo el señor, con claro acento inglés.

Y me siguió contando cosas sobre su familia de emigrantes y su vida en Inglaterra y sobre cosas que no podía escuchar porque estaba demasiado nerviosa por sacarle información sobre mi padre. Ya estaba yo pensando que estaría también en la trastienda, junto al otro hombre, que era el hijo del dueño, y que iba a salir a preguntarme qué hacía ahí.

– Tu padre se fue de Londres hace más de un año.

Se descompuso mi cara y se descompusieron mis planes de reencuentro. Me dijo que no sabía dónde había ido, que lo único que sabía era que estaba en una isla. Suspiré, al tiempo que giraba mi cabeza hacia un lado, y mis ojos fueron a parar a un espejito ovalado con el marco de madera. Vi mi reflejo en él y, de pronto, todo me pareció extraño y ajeno, y parecía que de mi cabeza salía mi mente, dejando un cuerpo inerte en la silla. Mis brazos y mis piernas me resultaban tan ligeros que se acentuó la sensación de no estar ya presente. Mi cara en el espejo se transformó en la de mi padre mientras el dueño de la tienda me contaba cómo se conocieron, cómo fue a parar allí. Pude ver, a través del reflejo, a mi padre asustado, lamentándose; entregándole las cartas una y otra vez. Vi al dueño de la tienda escuchando la historia que mi padre le contaba, entregando al cartero lo que su amigo le daba. Mi respiración no era la de siempre pero tampoco era exageradamente anormal. Noté un sudor frío por todo mi cuerpo y un cosquilleo que se concentraba en la zona del pecho y en mi mandíbula, impidiendo que pudiera articular alguna palabra. Intenté serenarme con un par de respiraciones y, por fin, pude pedir permiso para salir unos minutos a tomar el aire.

Lloré, pero no porque mi padre no estuviera ahí, sino por los síntomas físicos que estaba experimentando. Porque no me sentía presente para analizar las cosas con calma, porque mi mente había arremolinado todos mis recuerdos en una vorágine que me mareaba y me daba nauseas. Escribí un mensaje a mi madre para decirle que no estaba, que se había ido a una isla y que nos íbamos a quedar con las ganas de saber más.

Entré de nuevo, me disculpé y retomamos la conversación. Me ofrecieron un té que me pareció de lo más reconfortante y en el reflejo del espejo pude volver a ver mi cara y nada más.

– Entonces, ¿tú sabes lo que pasó? – me atreví a preguntar, ya más calmada.

 Asintió, pero no dijo nada, y yo me quedé callada esperando unas palabras que dieran fin ya a esta historia.

– Sé lo que pasó pero no puedo decirte nada porque no soy yo quien debe contártelo. Le prometí a tu padre guardar el secreto y las promesas hay que cumplirlas. But you should find out what happened, love. Te interesa conocer la verdad.

– ¿Cómo? Si no sé nada de él, no lo he visto jamás, nadie me ha hablado casi de mi padre… no sé ni por dónde empezar.

Se levantó de su silla, me miró a los ojos y me dijo que estaba ya cansado, que necesitaba dormir un rato. Yo no quise molestar y dije que también tenía que irme ya, que thanks a lot for your help and take care of yourself.

Salí de la tienda completamente hambrienta, así que me fui a un restaurante a unas pocas calles de allí. Mientras esperaba a que me trajeran la comida revisé mi móvil y vi que había un mensaje de mi madre que decía: “oye, si no puedes encontrar a tu padre, ¿por qué no buscas el Aleph y ves lo que realmente pasó a través de él?

Me quedé asombradísima. Mi madre no decía nunca nada interesante y, de pronto, me soltaba una bomba de lo más inteligente. La llamé por teléfono y estuvimos hablando sobre la idea de que, si realmente desde el Aleph se podían ver todos los puntos del universo desde todos los tiempos, entonces yo podría ver lo que sucedió ese día desde todas las perspectivas: la de mi padre, la de Agustín, la de mi abuela, la de mi madre y la de Juanma. También me sorprendió el hecho de que la historia que siempre nos había separado a mi madre y a mí, la de mi padre, era la que ahora nos estaba uniendo. Y me gustaba, me hacía sentir arropada hacer aquello de la mano de mi madre.

Publicado por

Isabel

Madrid, 6 de julio de 1993 - Estudié filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid y tengo la inmensa suerte de dedicarme a ella cuando no tengo que trabajar.

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