Hace unos meses, escasamente un año, Palestina apenas tenía cobertura mediática y en nuestro entorno no se hablaba demasiado sobre esto. Muchos no sabían qué estaba pasando (otros muchos siguen sin saberlo), no ubicaban bien la región, no sabían exactamente cómo era la bandera ni entendían del simbolismo de la kufiya. A día de hoy, prácticamente todos los medios convencionales hablan a diario de Palestina y se nombra, por fin, la palabra genocidio. La Flotilla ha dejado de ser una sola con activistas desconocidos para ser cientos de ellos, conocidos y anónimos. Y las movilizaciones se suceden cada vez más a menudo, con más fuerza y ya prácticamente a nivel mundial.
A este punto hemos llegado no porque Palestina sea el único conflicto que hay en el mundo ni porque exista una supuesta preferencia por esta causa. Se ha llegado, lo primero, porque es el conflicto más antiguo y violento aún abierto, sostenido con la complicidad de Europa; y, lo segundo, por la movilización social. Hemos llegado hasta este punto porque algunos decidimos escoger esta causa y hacerla nuestra saliendo a las calles, informándonos bien, hablando con nuestros amigos más íntimos, primero, con la familia y con compañeros de trabajo, después; con desconocidos más tarde, en nuestras redes sociales, etc.
Esta visibilidad que hoy ha conseguido Palestina no debe tomarse como un privilegio o como un desmerecimiento sino que debería servir de espejo para todos los conflictos del Sur Global que siguen en silencio. En la República Democrática del Congo, millones sobreviven a la hambruna y a la explotación infantil debido al saqueo de sus minerales. En Sudán, desde la guerra iniciada en 2023, hay millones de desplazados y en riesgo de hambruna. El sangriento conflicto en Tigray aún sigue abierto y la lucha por tierras y recursos en Nigeria lleva a la muerte a cientos de miles de personas de todas las religiones. En Asia, pueblos como los de Myanmar o Afganistán, padecen regímenes brutalmente totalitarios, sin que nadie parezca hacerse eco de ello. Que hoy hablemos de Palestina debería ser una especie de Aleph desde el que llegamos a ver todos los demás pueblos que no tienen voz.
Preguntarse por qué se habla de Palestina y no de Nigeria, por ejemplo, o pretender que quien lucha por Palestina lo haga por absolutamente todos los conflictos mundiales, no solo es deslegitimizar una causa y su lucha, sino que demuestra que realmente no hay interés ni en uno ni en otro conflicto.
También es cierto -y aquí enmarco mi tesis- que muchas veces no se habla de otros conflictos porque se desconocen. Igual que hubo un momento en el que no sabíamos nada de Palestina también ahora no sabemos muchas cosas de otros lugares. Y por experiencia propia puedo asegurar que no hay nada más importante para un pueblo oprimido que comenzar a hablar de él. Elegir una causa y comprometerse con ella. Que todo el mundo se entere de que se está cometiendo una injusticia. Porque no hay nada más cínico y deshumano que pretender que no se hable de nada solo porque consideras que no se está hablando de todo. Que, seamos claros, todos los que contestan así ante la masiva movilización por el pueblo de Palestina realmente esconden una complicidad, ya sea por intereses sionistas o -y lo que es más triste- porque consideran que Israel es el pueblo elegido por Dios y para perseguir esta idea y ser fieles a las Escrituras son capaces de voltear la cara ante un genocidio, con todo lo que ello implica.
Desde aquí insto a todos -y yo me incluyo- a que prestemos atención al mundo. A que miremos a nuestro alrededor y seamos capaces de detectar quiénes están oprimidos, quiénes no tienen voz y por quiénes podemos y debemos hablar. Insto a hacerlo desde la verdad y desde la información sin manipular. Tenemos que acudir a las fuentes primarias, a la historia de los pueblos contada desde varias perspectivas y localizar cuál es el patrón que se repite y que provoca el mal. Tenemos que leer, ver documentales, películas, exposiciones y cualquier tipo de expresión artística que, al final, es la disciplina que más y mejor habla de nosotros como Humanidad. Y, sobre todo, tenemos que usar el pensamiento crítico y dejar de lado las opiniones mientras estemos estudiando.
Platón distinguía dos clases de saberes: la opinión (doxa), que consideraba variable, inconsistente y efímera; y el conocimiento (episteme), fijo, permanente, constante y unitario. Cuando investigamos sobre algo tan delicado como la historia y la opresión de un pueblo debemos priorizar la episteme sobre la doxa.
Porque Palestina, que aún no es libre y que sigue sufriendo y sangrando, debe ser el principio de la libertad de todos los pueblos oprimidos.