LA VENTANA

No hay nada más anodino ni más efímero que chocar de frente contra aquello que no quieres ver. Dejar tu cuerpo caer lentamente por el golpe, sacudiendo tu cabeza contra el suelo y haciendo que se resbale esa venda que ha provocado el percance de la caída. Tocar la sangre que se derrama por tu nuca, mirar al frente y sentirla caliente, como si estuviera enfadada y quisiera reprocharte su salida repentina.

Pasé mi infancia y adolescencia en un pequeño piso rodeado de patios de luces que hacían imposible que pudiera sentarme frente a una ventana a ver la vida pasar. Me hubiera encantado pasar las horas vivas ahí postrada, observando a todo el que pasara, imaginando el punto al que se dirigían, lo que les preocupaba en ese momento, e incluso lo que iban a cenar cuando llegaran a casa. Ni mucho menos. Me tenía que conformar con ver todos los días las mismas y aburridas paredes blancas, la rejilla por la que huía el agua cuando llovía, como si ni siquiera ella quisiera pasar más de dos segundos ahí. Y, cada día que iba pasando, miraba con más recelo aquellas ventanas que daban a los malditos patios. Y me preguntaba, una y otra vez, por qué mamá decidió comprar este piso y no el que estaba justo en frente, con vistas al gentío, a los coches y al aire. Esos patios tan egoístas se quedaban con toda la luz que creían fabricar y apagaban la mía según pasaba el tiempo, dejándome lóbrega. Atravesaba el piso hasta mi cuarto con la mirada en el suelo para no mirar a los ojos a aquellos antisociales patios, tan solitarios y silenciosos. Y me consumía, me agobiaba entre aquellas paredes, sintiendo una descomunal necesidad de huir de ahí, de olvidarme para siempre de ese laberinto sin salida lleno de luz, una luz que atravesaba tanto mis pupilas que me cegaba.

Tan rápido como pude cerré la puerta del piso para siempre, dejando dentro todas las frustraciones que me había regalado durante mi corta vida. Me fui con la certeza de que el mundo de ahí fuera estaba hecho para mí. Pasaban los días, los años, en mi nuevo piso, y me costaba darle sentido a la nueva vida que me rodeaba. Sentía, y me costaba entender, que la vida misma había arrancado mi identidad de cuajo y había echado a correr. De casa al trabajo y del trabajo a casa, sin pensar demasiado pero dándole vueltas a todo, sin encontrar una satisfacción, ni un momento de respiro, de conexión.

Hasta que me desperté una mañana enfadada, con lágrimas en los ojos, con la boca llena de quejas, paseando de un lado al otro de la casa, odiando el mundo que me rodeaba, odiando la persona en la que creía que me había convertido, escupiendo en la tumba de todo el mundo. Y, en medio de mis difamaciones, de mi verborrea matutina, en un segundo de acción, mi gato vio algo a lo lejos, pasó corriendo delante de mí, que me encontraba en un incansable paseo. Todo fue muy rápido pero yo lo recuerdo muy despacio y claro. Mis pies no supieron seguir coordinándose debido al fugaz paso del gato, haciendo que perdieran fuerza, obligando a las rodillas a doblarse, empujando con ellas el resto del cuerpo. Creo que grité algo, pero eso sí que lo recuerdo como con mucho eco, como muy lejos. Y caí de bruces justo en frente de la ventana, de aquella ventana en la que nunca me había fijado, aquella ventana en la que jamás me había postrado para ver todo lo que vi gracias a esa ridícula caída.

Ahí me quedé durante, no sé, mucho tiempo, viendo a la gente pasar, los coches intentando buscar un sitio en el que estacionarse, las ramas de los árboles meciéndose al compás del viento, los perros paseando a sus dueños. Y vi a María, a la que le estaban haciendo daño esos inmensos tacones, que miraba su reloj preocupada por si no le daba tiempo a preparar el salmón al horno para la cena. También vi a David, alicaído y con las manos en los bolsillos, buscando una solución a aquello que le había salido tan mal. A Dolores, tan mayor ella, dando su lentísimo paseo diario, el cual no llegaba muy lejos por si se le despistaba el camino de vuelta; a Martina y César, la pareja que no paraba de discutir cada vez que pasaban por ahí porque a César no le apetecía comer todos los domingos con los padres de ella. Normal, seguro que se aburría como una ostra, sin parar de pensar en lo bien que estaría en su sofá, tumbado a sus anchas.

Ahí sentada, en frente del pequeño mundo que pasaba por la ventana, me di cuenta de que la vida, con sus inmensos problemas, sus voluptuosas preocupaciones, me había impedido abrir los ojos ante aquello tan siempre, tan pequeño, cuadrado y perfecto, que siempre había deseado.

Bruselas 2017