LA BOLA

¿Dónde se queda lo que nunca decimos? En mi caso, todo lo que tenía que decirte creo que se ha convertido en una bola de pimpón que va rebotando por el interior de mi cuerpo. Cuando se mueve por los pies está bien pero me molesta cuando se queda rebotando en la garganta porque me hace llorar.

Eso es, lo que nunca decimos se queda en bola de pimpón.

Tuve muchos años para decirte tantas cosas… pero ahora ya es demasiado tarde. Tú estás casi muerta y yo soy vieja, no veo bien y los dedos los tengo como rígidos. Sin embargo, si te tuviera en frente ahora mismo, te contaría tantas cosas que no podrías dejar de mirarme con una sonrisa y tus manos apoyadas en los mofletes.

¿Dónde se quedará la bola de pimpón cuando yo me muera?

Supe que tenía algo que contarte desde que te cobré aquel café. Ese día llovía tanto que no vino casi nadie a la cafetería, y sólo se escuchaba el sonido del viento y del agua; fuera estaba oscuro y no invitaba a salir. Pero yo, detrás de la barra, secando tazas, me moría de ganas por salir corriendo y que me llevara el viento con su lluvia y con su oscuridad y con sus nubes y con su niebla. Apareciste tú, tan neutra, tan sonriente, con esa ropa tan blanca, cerrando el paraguas mientras decías “¡qué temporal!”, y recuerdo que te sacudiste un poco los zapatos. Te acercaste a la barra y me pediste un cortado y un vaso de agua, y yo te regalé un bollo que se estaba quedando seco. Te miré llevarte tu café, tu vaso de agua y tu bollo gratis al sillón y, cuando te acomodaste, me miraste, y yo te sonreí un poco pero cogí una taza seca para mirarla y volver a secarla. Creo que ahí empecé a notar la bola de pimpón porque sabía que tenía que hablar contigo pero no sabía de qué, como cuando alguien te parece familiar pero no adivinas por qué. La bola se me fue a los tobillos, no le di más importancia durante el resto del día, o de la semana.

Volviste una semana después, sí, ¿o un mes después? Es imposible que me acuerde ahora, no puedo recordar tantos detalles. Pero volviste y volvió esa sensación de que tenía que decirte algo, aunque yo seguía sin saber qué era. Mis compañeras me preguntaban que si te conocía y yo les decía que no lo recordaba pero que estaba segura de que había algo que te tenía que contar. Se extrañaban y me proponían que me acerara a ti y te dijera “hola” para ver si así salía algo. Ese día no lo hice, lo hice la tercera vez que viniste a la cafetería. Me senté en frente de ti y te miré durante un buen rato, y tú seguías neutra, como esperando a que te hablara. Te saludé, te dije quién era, te empecé a contar un poco mi vida pero sabía que no era eso lo que te quería contar, al menos no en ese momento.

Según ibas frecuentando la cafetería mis ganas de contarte algo aumentaban. Algunos días conseguía narrarte historias que creo que te gustaban porque mirabas por la ventana sonriendo y sé que eso era porque te lo estabas imaginando todo. Otras veces me paraba en medio de la historia y jamás volvía a ella pero creo que no te quedabas con las ganas de saber más. Eras muy agradecida y, contara o no, a medias o todo, ahí estabas, dispuesta. Pero, cuantas más historias te contaba, más crecía la bola de pimpón, porque estaba segura de que nada de eso era lo que te quería contar. Y yo seguía sin saber qué era. En el autobús, en casa cocinando, o cuando escuchaba música pensaba qué era esa sensación de tener que contar algo pero no saber qué. Y por qué tenía esa necesidad si había gente que sobrevivía en este mundo sin tener nada que decir. Por qué me ponía triste cuando la bola de pimpón llegaba a la garganta y las ganas eran tan grandes que me hacían ir a la cafetería en mi día libre sólo para hablar contigo. Porque, si de algo estoy segura, es de que siempre he querido hacerlo, siempre he tenido la necesidad de decirte algo que algún día ya no podré recordar.

Una vez te conté una historia tan graciosa y tan bien hilada que estuviste una semana entera sonriendo de más cada vez que me veías. Pero es que tampoco quería hacerte reír demasiado, ni enseñarte lecciones ni ser emotiva de más. Quería contarte la historia perfecta pero pensaba que las historias perfectas no las contaba yo sino otros.

También pensé que a lo mejor no era precisamente una historia lo que te quería contar, sino la vida de alguien que me fuera inventando sobre la marcha; te hubiera gustado si te la hubiera contado con las palabras adecuadas. O, a lo mejor, tenía que recitarte poemas, aunque no se me daba muy bien… ¿Te hubiera gustado si te hubiera hecho una representación teatral sobre cualquier cosa? De política sí que no tenía nada que decirte, de eso estoy segura. ¿Un cuento para niños? ¡Recetas de cocina!

Dejé de hablarte. Ese verano decidí que si tenía algo que decirte pero no sabía qué sería porque realmente no había nada que contar. No volví a ser la misma porque mi bola seguía rebotando y lo hacía con más intensidad cuando veía que otras personas hablaban contigo; algunas casi todos los días y otras, aunque lo hicieran poco, te contaban historias que te dejaban con los ojos tan abiertos que yo me moría de envidia. Me acercaba disimuladamente, limpiando la mesa de al lado, para ver si escuchaba algo que me hiciera reconocer lo que yo podría contarte. Pero a mí también me embelesaban esas historias que otros te contaban y, bueno, creo que me acomodé a la situación de que lo hicieran otros por mí.

Fracasé, lo sé. Pero no fui yo, fue la bola de pimpón.

Publicado por

Isabel

Madrid, 6 de julio de 1993 - Estudié filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid y tengo la inmensa suerte de dedicarme a ella cuando no tengo que trabajar.

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