EL MAR

Gloria perdió las ganas de vivir en el verano del 2017. Como cada año, había ido a pasar todo el mes de agosto a la casa de la playa, quizá más motivada esta vez por si las encontraba allí. Abrió la puerta del minúsculo apartamento y suspiró, como si supiera, de un vistazo, que allí no iban a estar. Desempolvó los muebles y acomodó ligeramente la estancia y, efectivamente, las ganas de vivir no aparecieron. Pensó que igual lo harían en un par de días, cuando ya estuviera relajada y descansada. Pero ese par de días fue tiempo suficiente como para que las ganas de vivir se perdieran en el sitio en el que ya estaban perdidas, de modo que daba la sensación de que estaban en un lugar tan remoto que sería una durísima tarea encontrarlas. Y pasaban las mañanas, con su correspondiente abrir de ventanas y su correspondiente brisa que revoloteaba de lado a lado del piso; su café recién hecho y sus churros de Paco el churrero. Pasaban las tardes con su correspondiente siesta de ventana y puerta abierta, de lecturas en el balcón y chapuzón en el mar. Pasaban las noches con sus correspondientes estrellas y sus helados en el paseo marítimo y las ganas de vivir no aparecían por ninguna parte.

Gloria, no obstante, no parecía demasiado preocupada por esta pérdida. Al principio le molestó un poco prescindir de algo tan útil para vivir pero luego se fue acostumbrando a pasear por su vida y por la de los demás como si fuera un fantasma. Se acostumbró al rechazo que le provocaba hablar de sus sentimientos, a dejar que los demás supieran qué había dentro de ella. De ninguna manera, si ellos saben qué hay dentro de mí, si saben qué siento en cada momento, quizá puedan utilizarlo con fines de agrandar la sombra que cubre la miserabilidad de su condición humana.

No se preocupaba más por dónde estarían sus ganas de vivir pero, cuando recordaba los buenos momentos que había pasado cuando las tenía, aparecía en ella un resquicio, un ápice de intención de saber dónde se habrían perdido. Y en esos momentos de lucidez, por decirlo de algún modo, se decidía a hablar con alguien de su entorno para ver si podía ser de alguna ayuda.

Su madre, por supuesto, le había dicho que no sabía dónde estaban pero que había estado mirando en su antigua habitación y había encontrado, entre los recuerdos, un montón de buenos motivos para recuperarlas.

– Pero si no es que yo no quiera recuperarlas, es que no sé dónde pueden estar y cada vez me cuesta más buscar. Es como si tuviera que buscarlas con dos enormes rocas atadas a mis pies y me fatiga – le decía a su madre.

Entonces, su madre, tan dispuesta siempre a todo por sus hijos, le respondió que no se preocupara, que ella iba a buscarlas. Que pasara lo que pasara, estuviera o no cansada, le pesara o no, iba a buscar sus ganas de vivir y no iba a parar hasta encontrarlas. Que yo no he dado a luz a una criatura para que se quede como un pasmarote preguntándose qué es la felicidad y dónde está la suya.

No es que Gloria no confiara en su madre, es que no siempre las madres pueden hacer todo por los hijos. Y ella sabía que, por más que buscara, no iba a encontrar sus ganas de vivir porque no las había perdido cerca de ella; no las había perdido en un entorno familiar sino, quizá, entre sus amigos o en el trabajo. Y a sus amigos también preguntó y estos, como su madre, tampoco sabían dónde estaban. También iban a ayudarla a buscarlas y si, mientras la propia Gloria las buscaba necesitaba hablar o comentar algo acerca de su búsqueda, ahí estarían ellos.

Creo que las ganas de vivir se perdieron casi al mismo tiempo que la pasión y el respeto en su relación y, por eso, Gloria pensó que sería una buena idea preguntar a su novio. Tampoco sabía dónde estaban, obviamente, pero yo no puedo hacer nada por ti, Gloria, no sé cómo ayudarte. Necesito que las encuentres y empieces a dar un poco más o esta relación va a llegar a su fin. Siento ser tan duro pero es así. Después de esto las ganas de vivir se perdieron un poco más pero, ¿qué es un poco más?

Por último, Gloria decidió preguntar en el trabajo, a algunos compañeros y a su jefa, quizá no porque esta ayudara a buscar sino  por dejar caer que las había perdido y que eso podría influir en su trabajo. Por supuesto, la respuesta fue que no sabían dónde estaban pero que descansando se encuentran y que, además, tenía que hacerlo porque tenía que estar fresca para cuando retomara el trabajo.

Siguió con sus abrir y cerrar de ventanas, con la brisa y las estrellas y los helados en el paseo marítimo. Siguió mirando a los demás creyéndolos a todos felices o, al menos, con sus ganas de vivir no perdidas; tragando esa apatía, saboreando su amargura. Siguió levantándose cada mañana sin saber exactamente para qué, y dándose baños y sentándose al sol cerrando los ojos y escuchando a los niños gritar. Pensando que quizá ellos tengan las ganas de vivir de todas las personas que pierden las suyas.

Una noche tormentosa de verano Gloria se preguntó si pudiera ser que sus ganas de vivir estuvieran en el mar y salió a comprobarlo. Fue la primera vez en mucho tiempo que las buscaba. El cielo parecía un mar de sangre y el viento deformaba las copas de los árboles. Sólo se oía el ruido del aire chocando contra superficies, y el de los plásticos o cartones caídos, colisionando entre ellos o contra el suelo. Era desagradable caminar. Pero Gloria no tardó demasiado en llegar al mar y en avanzar y avanzar hasta que sus pies no pudieron tocar más que agua. Y, de pronto, se dio cuenta de que no se tenía que haber metido ahí a buscar, de que no lo había pensado con claridad. El agua la empujaba con muchísima brutalidad hacia arriba y hacia abajo, hacia los lados. Tosía el mismo agua que jugaba con ella y movía sus brazos como intentando detener esa violencia. Fuera de allí la gente dormía sin saber que había alguien atrapado en el mar buscando algo que ellos tenían. Su madre dormía sin saber que su hija estaba buscando en el peor de los sitios. Sus amigos dormían sin saber que Gloria estaba en medio de una vorágine acuática. Su novio dormía sin saber que su novia, más probablemente, dejara de serlo al día siguiente. Y sus compañeros de trabajo, bueno, qué más dan ellos ahora. Qué más da ahora que todo es gris.

Debajo del agua, donde ya no hay manera de llegar a la superficie y dejar que las olas sigan jugando con un cuerpo minúsculo, Gloria encontró sus ganas de vivir. Allí estaban, como unas manchas blancas que a veces se alargaban, que parecían sonreír. A ratos parecía que saludaban y Gloria alargaba su brazo intentando alcanzarlas. Pero, cuanto más lo alargaba, más se difuminaban su mano y las ganas de vivir. Se alejaban, no saludando sino diciendo adiós. Decían adiós con una sonrisa simpática y cada vez más lento, cada vez más desdibujada esa sonrisa. Los ojos de Gloria se abrían y cerraban y las manchas blancas cambiaban de posición y forma pero ella ya sabía que no podía hacer nada, absolutamente nada más, por recuperarlas. Algunas algas se enredaban entre sus dedos y ella los movía muy lentamente, casi de manera inapreciable. Su cuerpo inclinado bajaba al fondo poco a poco, rodeado de las manchas blancas que, como fantasmas carroñeros, olisqueaban a su dueña, sin saber ya dónde ir. Se extendían, cada vez más, como un chorro de aceite, por todo el cuerpo, y lo invadían, lo atosigaban, lo envolvían. Después, ellas también desaparecieron y ahora sí que ya daba igual dónde fueran.

Los ojos cerrados para siempre, los brazos abiertos de par en par, el pelo abierto al mar. Las ventanas abiertas, el café recién hecho, la brisa, la siesta, los helados, los churros, los libros en el balcón, las estrellas. Todo inmóvil. Todo inmóvil en un chapuzón eterno. Todo perdido, en el mismo lugar en el que se perdieron las ganas de vivir.

Publicado por

Isabel

Madrid, 6 de julio de 1993 - Estudié filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid y tengo la inmensa suerte de dedicarme a ella cuando no tengo que trabajar.

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