CAPÍTULO 11

Me quemaba el estómago y no tenía hambre a ninguna hora del día. Mis ojos estaban todo el rato a punto de estallar, presionando mi garganta. Me emocionaba con cada cosa que veía por la calle; cada acto de las personas, por banales que fueran, me parecían dignas de echarme a llorar. Tardaba horas en dormirme y me despertaba muy temprano sin apenas sueño. No me entretenía leer, ni ver la tele ni salir a pasear. Me daba un ataque de llanto cada día y lo único que podía hacer era dejarme llevar por ese desconsuelo, por esa angustia asfixiante que me encogía. Era incapaz de ver las cosas bonitas que había a mi alrededor y todo me parecía que tendría un final catastrófico.

El otoño llegaba con su tinte marrón y yo miraba y miraba por la ventana, evadiendo la vida real. No contestaba los mensajes de nadie ni tenía ganas de ver a otras personas. Dejé de beber café porque me sentaba mal, y me tuve que conformar con tilas y valerianas, pero mis nervios seguían inquietos. Todo mi cuerpo entero estaba de más, me molestaba, me agobiaba, y sólo estaba cómoda en pijama.

Pasaban los días y yo seguía, sin razón aparente, consumiéndome por dentro. Seguía sintiendo que me faltaba el aire, que mi corazón iba a pararse en algún momento, aburrido de mi propio cuerpo. Si me quedaba dormida a lo largo del día, me despertaba de golpe, acelerada, con la respiración entrecortada, empapada en sudor. Y otra vez volvía a llorar. Me pasaba el día secándome las lágrimas que se escapan sin ningún contexto. A veces, incluso, una fuerza extraña, como una energía o un espectro, parecía querer salir de dentro de mí. Al salir de mí, todo lo que tenía una identidad dejaba de tenerla, y me sentía como flotando por la casa con un sentimiento de irrealidad que me confundía. Como si yo fuera un personaje ficticio a merced de que el escritor, de pronto, borrara las líneas de algo que acaba de escribir sobre mí y mi entorno, para reescribirlo de nuevo. Esos momentos en los que borra y no hay nada, durante segundos, sentía que no existía.

No era la primera vez que me sentía así, que me pasaba esto. Cuando trabajaba, a veces tenía que llamar con cualquier excusa para quedarme en casa y, cuando ya no me quedaban excusas, iba a trabajar, perseguida por una sombra enorme que me hacía patosa y muy sensible a todo tipo de comentarios. Tenía que salir de la barraca para llorar sin que nadie me viera y me cuestionara. Una vez, estando yo en este estado, un cliente insatisfecho la tomó conmigo y, sin evitarlo, me puse a llorar delante de todos. Cuando todo se acabó, mi jefe se acercó a mí para pedirme explicaciones. Yo pensaba que se estaba preocupando por mí, así que le dije que ese día me sentía más sensible de lo normal y que la única vía de escape que había encontrado era la de estallar en llantos. Lejos de decirme que no pasaba nada, me dijo que si no era capaz de lidiar con las tonterías de los clientes y me iba a echar a llorar por todo que poco valía para ese puesto. Me dijo también, sin haber preguntado, que en la vida había cosas peores y que si ahora lloraba por eso que no sabía cómo iba a reaccionar ante un problema de verdad. Problema de verdad. Esa sentencia, con dieciocho años que tenía, se me quedó grabada con fuerza y, desde entonces, no me atrevía a mostrar este estado de nerviosismo ante los demás porque, como no encontraba la razón que había detrás, no lo sentía como un problema de verdad, y me daba miedo que el mundo estuviera lleno de jefes con tan inmensa falta de empatía.

Una mañana me desperté de mejor humor, un poco empastillada de más con unos relajantes musculares que me daba mi madre y que, como me ayudaban a dormir y a serenar un poco mis pensamientos, me los tomaba sin haber leído siquiera el prospecto. Me desperté con la realidad más cerca de mí, más palpable, y me decidí a salir a dar un paseo. Sin darme cuenta, mis pasos me llevaron al cementerio donde estaba enterrada mi abuela, y me senté en el suelo, apoyada la espalda en su nicho. En las películas o en los libros, el vivo siempre habla con el muerto con total naturalidad. A mí me daba vergüenza estar hablando con la tapa de un nicho así que, con una libretita que llevaba siempre en mi bolso, comencé a escribirle una carta a mi abuela con el fin de que, de forma idealizada, asomara su cabecita y pudiera leer lo que iba escribiendo.

Querida abuela, empecé, porque las cartas empiezan siempre así. Tu hijo es un poco imbécil. Borré esto último. Tu hijo, volví a escribir, ha desaparecido de la faz de la tierra porque no quiere ser encontrado. O porque lo han matado y han ocultado su cuerpo en una isla. Nada más terminar esa frase, un gato que pasaba por delante de mí se detuvo un segundo a mirarme con cara de sorprendido y yo tuve la sensación de que era mi abuela diciendo ¡ay! ¡Pero qué exagerada eres, hostia! Seguí escribiendo absolutamente todo lo que había pasado desde que ella murió pero lo escribía de forma muy esquemática. Así: el señor de la tienda de antigüedades, Hannah es muy buena persona, Hannah vive sola, echa de menos a su padre, Mamadú que pinta, pintó con ese bote de pintura, todo real, sí que existe, Mamadú y yo bailamos, qué bien baila Mamadú. Lo escribía de forma muy escueta pero en mi mente todo se desarrollaba con la misma precisión con la que lo había vivido, con la misma ilusión, el mismo miedo. Reviví todo aquello una vez más y parecía que todo se ponía en orden, que todo recobraba cierta identidad.

Salí de aquel cementerio más calmada aún, quizá porque me había dado el aire después de tantos días, o por haber escrito todo lo que llevaba dentro, o porque me sentía un poco más viva tras estar rodeada de muertos de verdad. Me acerqué al super a comprar algo de comida, tenía ganas de cocinar y limpiar mi casa, reiniciarlo todo hasta la próxima, pensé. Estaba toqueteando unos aguacates cuando se acercó una voz a mi derecha pronunciando mi nombre con efusividad. Era Sara, una muy buena amiga, pero es de esas amistades que siempre están ahí aunque lleves meses sin saber nada de ella. De esas amistades que de pronto te cruzas y es como si la hubieras visto el mismísimo día anterior. Nos alegramos de vernos, nos besamos y abrazamos. Me miraba y sonreía hasta que, por fin, me dijo: ¡Estoy embarazada, tía! La semana que viene hago la fiesta del bebé, tienes que venir.

Publicado por

Isabel

Madrid, 6 de julio de 1993 - Estudié filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid y tengo la inmensa suerte de dedicarme a ella cuando no tengo que trabajar.

4 comentarios en “CAPÍTULO 11”

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