DOS DÍAS

Respira. Toma todo el aire que puedas y transfórmalo en luz interior. Relaja tu mente, la necesitas tranquila y libre, pura y limpia. Imagina que tus problemas son burbujas que tú mismo explotas con tus manos para que desaparezcan. Imag…” ¡No puedo!, grito mientras apago la radio con ese dichoso CD de relajación que compré. ¿Cómo voy a imaginar que este problemón es una simple burbuja! Qué fácil es decirle eso a un micrófono, ¡pues dímelo a la cara en el estado en el que estoy! Dios mío, esto va a ser imposible, no voy a poder hacerlo.

Paseo de un lado al otro de la habitación dando pequeños golpecitos en el muslo con mis dedos. Los nervios se están empezando a apoderar demasiado de mí y mi mente vuelve a intentar jugarme una mala pasada. La siento bloqueada y oscura, ahora mismo solo puedo pensar en que estoy nerviosa, en que no puedo hacerlo. Hago y deshago mi coleta cada cinco minutos, me echo crema en las manos y cacao en los labios, me levanto de la silla y me vuelvo a sentar; cojo un libro, lo hojeo sin ver nada y lo tiro a la cama. Pongo algo de música clásica que pueda servirme de inspiración pero no me concentro, mejor hago esto en la plenitud del silencio. Voy al vestidor, me pongo las alpargatas, me las quito, me dan demasiado calor, prefiero estar descalza; me quito la chaqueta, creo que esta angustia me está haciendo sudar. Joder, tengo frío, voy a ponerme una chaqueta algo más fina pero que no me agobie. ¡Ya sé! Voy a comer algo, que con el estómago lleno se piensa muchísimo mejor. Caigo de bruces en el sofá. Oscuridad.

Suena el teléfono mientras la oscuridad va desapareciendo poco a poco y voy cobrando consciencia de que me he quedado dormida.

– ¿Has pensado algo? – dice una voz al otro lado del teléfono.

Aparto ligeramente la cortina de la ventana y mis ojos se cierran bruscamente como respuesta al sol que se escondía detrás de ella. Vuelvo a dejar la cortina como estaba, me siento en el sofá acariciando mi frente con la mano mientras respondo a la pregunta que me acababan de hacer.

– No puedo creer que me llames para presionarme de esta manera…

– No tengo intención de presionarte pero tienes que hacerlo ya. Te recuerdo de tienes que entregarlo dentro de dos días.

Cuelgo el teléfono, no quiero seguir escuchando consejos de nadie. Claro que quieres presionarme, me has llamado para meterme prisa, para que me ponga aún más nerviosa de lo que estoy y para despistarme. ¿Es que a todo el mundo le parece fácil esto? Bueno, en realidad, parece que sí, miles de personas lo han hecho una y más veces, y miles de personas lo hacen a escondidas. Y aquí estoy yo, queriendo hacerlo y saboteándome a mí misma para dejar pasar un año más, un día más, un minuto más. Miro mis manos y tengo la sensación de que se ríen de mí, miro mi despeinada cabeza en el espejo y pienso que nada bueno parece querer salir de ella. Antes lo hacías, ¿por qué ahora lo ves tan duro?, pienso mientras me voy a la cocina.

Decido salir a dar un paseo para tomar algo de aire fresco y, ya de paso, intentar buscar una solución a mi problema. Tengo la sensación de que las personas con las que me cruzo saben que me pasa algo, ¿sabrán el lío en el que me he metido? Sus miradas siempre coinciden con la mía y todas me recuerdan que tan solo me quedan dos días. ¡Están todos compinchados o qué? Olvídalo, nadie sabe nada, tu mente está intentando jugártela otra vez. Como siempre. Como siempre desde que decidí que no estaba capacitada para esto. Llevo toda mi vida haciéndolo y ahora soy una principiante, una novata a la que se su mente le gasta continuas bromas. ¿Qué habrá cambiado en mi vida para no ser capaz de hacer esto en dos días? Antes lo habría hecho en una hora y ahora siento una extraña angustia solo de pensar en empezar, en jugar con la vida de alguien o simplemente en ser la única responsable de todo aquello que le pasa a una serie de individuos que ni siquiera existen todavía y que, para mucha gente, jamás existirá. En decidir yo misma qué camino tiene que coger esa gente, qué tienen que pensar y cómo tienen que actuar, ¡y en dos días! Quizá antes me daban igual todas esas personas y sus vidas, tan pronto mataba a uno porque me molestaba como traía al mundo a alguien importante, según mi criterio. Ahora, sin embargo, me encuentro dando una paseo con la ilusa fe de que me llegue la inspiración sentándome en un banco cualquiera. Quedan dos días para la entrega y no tengo nada, ni un ápice de voluntad parece asomarse, ni un milímetro de un folio en blanco. Miro a mi alrededor y siento un vacío que asfixia y roba mi identidad, un látigo que fustiga y extenúa todo aquello que era, dejándome en algo de lo que a veces dudo que existiera.

– Si no te crees capaz, déjalo, en algún momento podrás volver, aunque tendrás que buscarte otro trabajo…

No, no puedo dejarlo… no puedo ahora que saben quién soy. Además, todo el mundo sabe que me comprometí a ello y, si no lo hago, decepcionaré a mucha gente, a mí la primera, y todo el mundo creerá que soy una fracasada. Ahora no puedo dejarlo, ahora es cuando debo encontrar un camino diferente, una forma de renovarme, quizá, o de buscar otra vía para seguir haciendo lo que hacía antes pero de una forma distinta. No creo que esto sea el final, me niego a pensar que esto es una señal que indica que me rinda. ¿Qué hago, si no? Creo que no hay nada que sepa hacer mejor que esto o, al menos, nunca me he dedicado a otra cosa. Dejarlo ahora sería ir a la deriva y fustigarme aún más con el látigo ese que va robando identidades. En definitiva, no puedo dejar que esto acabe aquí, yo soy más fuerte que ellos porque gracias a mí siempre han tenido forma y vida. Así que, ahora mismo, voy a ir a casa a poner los papeles sobre la mesa y demostrar que puedo escribir el cuento que ganará el concurso dentro de dos días.

Publicado por

Isabel

Madrid, 6 de julio de 1993 - Estudié filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid y tengo la inmensa suerte de dedicarme a ella cuando no tengo que trabajar.

4 comentarios en “DOS DÍAS”

    1. Yo solo he conocido una persona en toda mi vida, en la universidad, que hacía todo con tiempo, desde el día uno y que, para el día de la entrega, tenía todo más que revisado y preparado. Este tipo de ansiedad, sin embargo, ¡es genial! nos ayuda a hacer lo que nos proponemos, ¿no crees? Yo tengo mis días, la verdad, a veces me levanto responsable y, otras, ¡un completo desastre!

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