CAPÍTULO 7

Cuántas veces creemos que sabemos lo que hacemos y, sin embargo, estamos a la deriva, sin vistas a tierra. Navegamos en una barquita de color azul, en la inmensidad del océano, acurrucados en nuestro propio ser, sin remar ni tocar el agua. Cuántas veces creemos que sabemos lo que hay al fondo, que sabemos por dónde pisamos. Nos tiramos al agua y nuestros pies se mueven, incansables, tratando de buscar una roca en la que apoyarse porque creemos que siempre hay un punto de apoyo. Me sentía, en ese momento, como la barquita: azul y vacía sin nadie que pudiera conducirme hasta la orilla, donde podría descansar, dejar de flotar. Sentía que no había nada que me protegiera si había una tormenta o si un viento fuerte provocaba inmensas olas. No tendría punto de apoyo, solo podría agarrarme fuertemente a la misma barquita que se agitaba con violencia. No sabía qué iba a ser de mí ni hacia dónde me llevaría esa barquita azul, y me aterraba pero, al mismo tiempo, no podía hacer otra cosa que confiar en el mar.

Me desperté casi al medio día con la marca de las sábanas en el brazo y la cara, desubicada completamente y con una ansiedad asfixiante. Respiré profundamente, hice unos estiramientos, bebí agua, me preparé una infusión y me volví a meter en la cama con mi libro abierto. Chispeaba en la calle y la brisa que entraba por la ventana era refrescante, tranquilizadora en cierta medida. Y ahí estuve leyendo, al menos, dos horas, hasta que me sentí más reconciliada con el mundo real y decidí volver a la tienda de antigüedades a preguntar sobre el Aleph.

– Tu padre, como ya sabes, volvió a Londres y trajo con él el Aleph. Después de contarme todo lo que había sucedido no quisimos tener ese bote de pintura cerca de nosotros, así que se lo di a un amigo mío que vive en Oxford.

Me dio la dirección y, sin pensarlo dos veces, compré un billete de tren para ir a primera hora de la mañana del día siguiente.

La casa de su amigo era bastante grande y se accedía a ella por un camino de tierra que la escondía entre árboles, césped y un riachuelo. Llamé a la puerta y abrió una mujer de mediana edad con el pelo recogido en un moño bajo, una bata de color gris, un café, un cigarro y una sonrisa. Me invitó a pasar y preparó también café para mí. El interior era precioso y acogedor, con muebles que parecían tener muchos años pero que guardaban el estilo y la elegancia del principio.

Nos acomodamos en una sala cuya ventana daba a la parte delantera de la casa, por donde había entrado. Los sofás eran comodísimos, muy mullidos y, en el centro, había una mesa de cristal encima de una alfombra grandísima y muy bonita.

Hannah, que así era como se llamaba aquella mujer, era la hija del hombre al que estaba buscando pero que, desgraciadamente, había fallecido hacía no mucho tiempo. Era profesora en la universidad de Oxford aunque, después de la muerte de su padre, decidió tomarse un par de años sabáticos para recuperarse del cansancio que había supuesto compaginar su vida personal y profesional con los cuidados de una persona mayor. Su madre había muerto cuando ella tenía cinco años. Vivía sola en aquella casa, su casa desde la infancia, aunque tenía una novia de Londres que se quedaba allí todos los fines de semana y vacaciones.

Hablamos durante horas y después, al atardecer, me invitó a cenar a un restaurante del centro de la ciudad. Para mi asombro, aún no habíamos hablado del Aleph pero no me molestaba en absoluto. Me contó muchísimas cosas de su vida y yo escuchaba con voraz gusto. Por una vez en un tiempo, sentía que las cosas giraban en torno a la vida de otra persona, lo que hacía olvidarme de la mía propia. Algo así sentía cuando leía y creo que por eso me sentía tan cómoda con ella; por eso no podía dejar de escucharla y de mirarla fijamente mientras contaba cosas.

– ¿Sigues teniendo el Aleph? – me atreví a preguntar cuando llevábamos ya un par de copas de vino. Hannah fumaba como no había visto fumar a nadie: se terminaba un cigarro y se encendía otro al instante.

– No – dijo mientras soltaba una bocanada de humo – pero sé que un amigo de Liverpool, un pintor, vino y se lo llevó. Tuvo que haberle dado bastante dinero a mi padre porque, ese mismo verano, nos fuimos de vacaciones a Mallorca sin reparar en gastos.

– ¿Podrías darme la dirección de ese pintor?

– ¡No! ¿Cómo voy a mandarte ahí? No puedo dar su dirección a una desconocida. Sin embargo, ¡puedo ir contigo! Iremos juntas a su estudio y aprovechas para hablar con él.

La predisposición, las ganas y la felicidad de Hannah se me contagiaron e hizo que esto pareciera una aventura de lo más suculenta. Me ofreció pasar la noche en su casa, ya que se me había hecho tarde para volver a Londres.

Por fin a solas conmigo misma, en la habitación de invitados, tan mullida y acogedora como el resto de la casa, pude pensar en lo rápido que había pasado el día. Pensaba en que conocía a Hannah desde hacía unas horas y ya estaba durmiendo en su casa y tenía un viaje planeado con ella. Pensaba también en la devoción con la que hablaba de su padre: de cómo se iban juntos de vacaciones cuando ella era pequeña, cómo le apoyaba cuando ella estudiaba, cómo iban juntos a restaurantes los domingos por la tarde, cómo cuidaba de él cuando estaba tan enfermo. Y me dio envidia. Envidié su casa, toda suya; su padre y los recuerdos que tenía de él, su moño bajo y sus cigarros. Me pareció que su vida era maravillosa, que era una mujer despreocupada cuyo único interés era vivir cada momento de su vida. Me dormí admirando a Hannah.

Publicado por

Isabel

Madrid, 6 de julio de 1993 - Estudié filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid y tengo la inmensa suerte de dedicarme a ella cuando no tengo que trabajar.

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