CAPÍTULO 4

Me despertaron los truenos de la típica tormenta de cuando se está acabando el verano. Todo estaba tan oscuro que tuve que encender la lámpara para preparar café, y se escuchaba el sonido del viento en todas las esquinas de la casa. Me senté en el sofá y abrí el libro que llevaba días aparcado, con todo lo que había pasado con mi abuela y el descubrimiento de las cartas, pero no conseguí concentrarme. Evidentemente, en ese instante debería estar siendo consciente de las decisiones que tenía que tomar y no estar preocupada por avanzar en la lectura que, además, ya ni me interesaba.

Los días que me pertenecían en el trabajo por el fallecimiento de mi abuela estaban a punto de acabar y, en el fondo, sabía que iba a volver para decir que lo dejaba. No podía creer que tuviera ante mí la oportunidad de mandar la barraca a la mierda, que pudiera decirle a mi jefe que metiera mi inhumano contrato en uno de sus grasientos perritos y se lo comiera. Me emocionaba y aterraba, al mismo tiempo, el saber que no tenía que ir más allí, cada día con un horario diferente, ni terminar de fregar cacharros a las dos de la madrugada. Que no tenía que aguantar insolencias ni prisas de clientes, ni malas caras de mi jefe cuando decía algo que no era de su agrado; que no tenía que fingir que no veía las llamadas porque sabía que era para preguntarme si podía ir a trabajar. En mi día libre. Y pensé en Montse, mi compañera de trabajo, atrapada ahí hasta que le llegase el golpe de suerte que probablemente jamás le llegaría. La vida le había hecho de clase baja y ahí se iba a quedar porque, además, tenía tres hermosas criaturas y un marido que trabajaba mil horas al día en la construcción. Así que no encontraba la manera, en absoluto, de dejar la barraca. Estaban atrapados en la clase obrera hasta que se jubilaran y les quedara una pensión con la que podrían hacer más bien poco. Y yo tuve la suerte de haber conseguido la herencia de mi abuela y de recibir el alquiler de su piso pero, en algún momento, ese dinero se acabaría y volverían mis preocupaciones laborales, mi estrés, mi agotamiento y asqueamiento. Volvería a estar atrapada en un mercado laboral ultracapitalista y asfixiante.

Cuando dije que me iba a Montse se le iluminaron los ojos, como si estuviera diciendo que, por fin, salía de la cárcel.

– Piérdete por ahí y no vuelvas nunca, corazón, jamás te pases por aquí- me dijo mientras me apretaba la mano con fuerza.

A mi jefe le dio igual, obviamente. Puso cara de molesto porque no avisé con la suficiente antelación como para que pudiera explotarme más hasta que encontrara otra persona pero, de su horrible contrato, lo único que me vino bien fue la semana de preaviso necesaria antes de dejarlo. Esa semana fue la mejor con Montse: nunca nos habíamos reído tanto, ni habíamos estado tan relajadas.

Los días siguientes de dejar el trabajo los pasé descansando, limpiando, ordenando cosas, deshaciéndome de lo que no necesitaba. O sea, evitando pensar en las cartas y el Aleph y el asesinato y mi padre. Pero al final todo explotó en un paseo que me llevó hasta la tienda de todo a cien de Juanma.

Era una tienda abarrotadísima de figuritas, paraguas, bolsos, artículos de papelería, flores de plástico, todo tipo de instrumentos de cocina, maquillajes de dudosa composición química, zapatos, libros de pasatiempos y un largo etcétera de cosas, en general, inútiles. Era pequeña, así que todo se veía muy junto y agobiante, sin orden, y daba la impresión de que llevaban años ahí. Casi tantos años como Juanma, al que no recordaba tan mayor, y que pasaba los días detrás del mostrador escuchando la radio. Todo era muy cutre, muy de que le daba igual vender o no vender, de que le daba igual la vida y la gente, al menos los clientes.

Me presenté al entrar y me dijo lo típico de qué mayor estás, ¡madre mía! y yo sonreía y asentía mientras miraba el desorden de tienda. Le comenté también que no lo había visto por el entierro de mi abuela, a lo que me dijo que no le gustaba ir a los entierros y que, en realidad, ya se había despedido de ella porque los viejos, entre nosotros, sabemos cuándo nos vamos a morir.

– Encontré unas cartas en la habitación de la residencia y me he enterado de que eras tú quien se las daba. Sé que mi padre te las enviaba a ti y, bueno, me gustaría que me dieras la dirección para poder ir a verlo. No lo conozco.

Sonrió con desgana, como si estuviera viendo que iba a perder el tiempo o como si fuera una pobre inocente que no sabía lo que hacía.

– Tu padre y yo éramos buenos amigos pero nunca me contó lo que pasó. Al principio yo también quise buscar el blanco más blanco del mundo y poder verlo todo desde el Aleph pero lo dejé, tenía que encargarme de la tienda.

Me puse nerviosa, mi corazón empezó a latir con más fuerza. Era verdad eso del color blanco más blanco del mundo y de que mi padre y su amigo fueron en su búsqueda.

Me contó que hacía veintiséis años, cuando todo esto comenzó, apareció una noticia en el periódico de la que todo el mundo hablaba: un químico inglés había conseguido crear el color blanco más blanco del mundo, capaz de reflejar casi la totalidad de la luz. No se sabe muy bien con qué fines había creado este color pero sí se sabe, por diversos testimonios (incluido el del químico) que, al abrir la tapa del bote de pintura, la luz te deslumbraba tanto que podías ver el Aleph; es decir, podías ver absolutamente todo de forma simultánea: todas las cosas y las personas del universo, en todos sus tiempos, incluido el futuro. Mi padre se obsesionó con esta noticia y trató de convencer a Juanma y a Agustín, el amigo al que mató, de ir a Inglaterra a buscar este color y poder ver el futuro.

              – Tu padre sólo quería ver cuándo se iba a morir.

Solo consiguió convencer a Agustín porque Juanma, como ya me había dicho antes, tenía que trabajar en la tienda. Así que, juntos, se fueron a Inglaterra y, lo siguiente que supo Juanma es que Agustín había muerto. No supo jamás qué pasó ni dónde había sucedido y, de hecho, no volvió a ver a mi padre. A los meses, recibió una carta de Londres con una serie de instrucciones. En la carta, mi padre le decía que no podía contarle lo que había pasado pero que tenía que confiar en él. Que enviaría las cartas a la tienda porque nadie sospecharía pero que se las enviaría en dos sobres: uno de ellos con la dirección de Londres. Pero que tenía que quemar en la chimenea el sobre con información y darle a mi abuela el sobre en blanco porque no quería, bajo ninguna circunstancia, que hubiera pistas en casa de su madre.  

              – Pero, hija, hace ya más de un año que tu padre no envía ninguna carta…

              – Pero mi abuela recibía cartas de antes de que mi padre llegara a Londres, ¿también se las enviabas tú?

              – No. Ya te digo que yo dejé de saber de ellos cuando se fueron a Londres. Luego solo supe que Agustín había muerto y lo siguiente es la carta con las instrucciones.

        

Puede que alguien hiciera de mensajero y le diera las cartas a mi madre en persona, cuando él aún estaba en España. Pero no conocía tanto a mi padre como para saber quién tenía tantísima confianza con él como para encubrirlo de esa manera. 

Me daba la sensación de que ni mi madre, ni mi abuela, ni Juanma se hacían preguntas. Parecía que se habían tomado todo esto como con resignación o como si no hubiera otro modo de hacer las cosas. Es cierto que mi padre pedía expresamente en las cartas que no se le contestara y que no intentaran ponerse en contacto a modo de protección. Pero, ¿de verdad mi padre prefería vivir una vida alejado de su familia, con la certeza de no volver a verlos nunca más, a estar en la cárcel y ver crecer, aunque sea a través de un cristal, a su hija? Ver envejecer a su madre, cuidarla y ayudarla en la enfermedad. ¿De verdad a mi abuela no se le ocurrió ir a la tienda de Juanma y pedirle la dirección desde la que venían las cartas de su hijo, coger un avión rumbo a Londres y hablar con él? ¿Juanma tampoco había pensado nunca en ir a ver a su amigo y pedir explicaciones?

              – Pero si no he salido ni de la ciudad, ¿cómo iba a salir de España para ir a verlo? Y tu abuela, que no sabía ni dónde estaba Londres, ¿qué querías que hiciera? Él nos pedía que no nos moviéramos, que no lo buscáramos; a lo mejor no quería ser encontrado…

En ese momento, mis nervios y mis dudas estaban empezando a convertirse en enfado. Le pedí a Juanma la dirección de Londres que, por suerte, guardaba. Decía que la tenía guardada por si acaso, porque nunca sabía si iba a volver a enviar otra.

Salí de la tienda de Juanma enfadada, consternada y muy frustrada. ¿Es que nadie se había preguntado nunca nada? Mi padre me estaba pareciendo un ser egoísta y horripilante, un niñato caprichoso en busca de un tesoro que acabó siendo un asesino que no quiso dar la cara y se conformó con escribir cartas contando cosas que no ayudaban y pidiendo que hicieran como si nada estuviera pasando. Y mi madre y mi abuela me parecieron, en ese momento, dos sumisas enamoradas de un miserable, que se quedaron toda la vida en casa esperando a que se les pasara el disgusto del abandono, creyendo que lo protegían.

Entonces, me pregunté por qué mi padre nunca se refería a mi madre en las cartas, por qué no se refería nunca a ella. Así que, con todo el enfado y la rabia que sentía, llamé a mi madre para que nos viéramos cuanto antes.

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