CAPÍTULO 1

Mi abuela era de las mujeres que más admiraba en mi vida, por encima de mi madre. No pudo ir a la universidad, no puedo estudiar ni investigar pero no porque se lo prohibieran dejó de hacerlo. Casi todos los recuerdos que tengo de mi abuela son de ella pegada a un libro, subrayando y anotando o simplemente inmersa en una novela. No es que fuera demasiado niñera, creo que para ella yo era simplemente la niña que su padre había concebido con una mujer que le caía fatal porque le llevaba la contraria a su hijo, al que defendía a toda costa, y de la que ahora tenía que hacerse cargo casi todas las tardes porque uno de los progenitores había desaparecido y el otro tenía que trabajar durante demasiadas horas. No recuerdo que me peinara con cariño o que me ayudara con los deberes ni que me preparara una merienda con amor. Pero tampoco recuerdo que lo hiciera con asco o a desgana, así que mi percepción era la de estar en casa de mi abuela, que no era mi madre.

Era una mujer de pocas palabras precisamente porque siempre estaba leyendo o estudiando cosas. Cuando me hablaba, era para contarme lo que le había pasado en alguna de las novelas que estaba leyendo o para explicarme alguna cosa que estuviera investigando en ese momento. Investigaba sobre escritores y pintores y sus vidas y su arte y cosas que yo no entendía. Pero siempre la veía en un mundo que no sentía que compartiéramos. Hasta que yo también quise experimentar lo mismo que ella y cogía sus libros y me los leía. Pasábamos las tardes leyendo en el sofá de su salón de vieja, con el inmenso mueble de la tele y un montón de figuritas que compraba en el todo a cien. Pasábamos las páginas sin hablar más allá de a qué hora viene mi madre o el finde que viene te toca pasarlo aquí. Copiaba todo lo que hacía, su forma de sentarse para leer, su forma de coger el libro, su forma de dejarlo en la mesa. Le copié incluso el café de después de comer, que a mí me lo preparaba con una cantidad ridícula de café, hasta que yo misma los preparaba. Después de comer sabía que lo que venía luego era fregar los platos, preparar el café y leer, leer, leer. Y esa rutina me fascinaba, aunque no dejaba de sentir a mi abuela como una extraña, como una persona que no pertenecía del todo a mí. Pero me fascinaba porque no solo mi abuela me parecía ajena a mí misma sino prácticamente todo lo que me rodeaba. Incluso yo misma me sentía ajena a mí, alejada de mi percepción personal, alejada de mi propio cuerpo y mente. Y leer de esa forma tan compulsiva me ayudaba a alejarme del todo, por completo, de todas las cosas de las que me alejaba inconscientemente cuando no estaba leyendo. Y copiar la conducta de mi abuela me ayudaba a no sentirme, a no pensar en cómo hacer las cosas. Y eso me lo había enseñado ella, lo había aprendido de ella.

Mi abuela no tenía mucha más familia a parte de su único hijo, desaparecido, y un tío de su marido muerto, al que nunca llegué a conocer. De modo que, cuando le detectaron Alzheimer, asumí su tutela y me hice cargo de ella. No sé qué sentía por mi abuela, nunca me lo había preguntado; nunca nos habíamos dicho que nos queríamos ni habíamos hecho nada especial la una por la otra. No sé si cuidé de ella porque, de forma automática, me tocaba hacerlo a mí, o si lo hacía porque la quería muchísimo y no la iba a dejar sola. Cuando eres pequeña no te cuestionas nada, no te preguntas por qué quieres a la gente que quieres, por qué eres amigo de tus amigos o por qué estás en un sitio del que quieres salir corriendo. No te cuestionas nada porque no tienes otra salida, y esa conducta tan pasiva se puede alargar en el tiempo y, al final, te pasas la vida sin preguntarte por qué haces lo que haces y si realmente quieres lo que tienes.

Al principio de la enfermedad, mi abuela podía estar sola en casa y más o menos tenía que estar pendiente de ella, pero no parecía muy complicado. No sentía que estuviera enferma sino fuera porque, obviamente, se olvidaba de pequeñas cosas o se quedaba en blanco en más de una ocasión. Luego empezó a leerse otra vez todos los clásicos que se había leído cuando yo era pequeña y me los comentaba como si fuera la primera vez que lo hacía. Y luego no sabía volver del supermercado a casa y se enfadaba muchísimo, hasta el punto de gritarme y llamarme hija de puta en todas las ocasiones posibles. Después, residencia, pagada con el alquiler de su propio piso, aquel en el que habíamos pasado tantas horas las dos solas.

Me sentía un poco mal por haber metido a mi abuela en una residencia pero también la sentía como una carga, un peso inmenso, y yo estudiaba y trabajaba al mismo tiempo. Así que, mínimo una vez a la semana, iba a visitarla. Y todo era muy extraño porque ella ya no era la misma y casi no hablaba pero, cuando lo hacía, me contaba las mismas cosas una y otra vez. Así que pasábamos las horas sentadas en el sofá, como hacíamos antes, pero esta vez yo era la única que leía.

El día que mi abuela me confesó que mi padre había matado a su mejor amigo no me lo esperaba en absoluto. Quiero decir, nadie se espera en absoluto que le digan algo así, pero yo no me esperaba tener una conversación tan nueva con mi abuela. Y menos una conversación sobre mi padre, del que nunca habíamos hablado. Y pensaba que estaba delirando o que se le estaba yendo la cabeza por completo pero, al mismo tiempo, me parecía extraño que pudiera estar inventándose todas esas cosas. Inventarse que existe el color blanco más blanco del mundo, que refleja tantísima luz que funciona como el Aleph; y decir que su hijo y su mejor amigo fueron en su búsqueda, no se sabe muy bien por qué ni para qué, y que acabó todo en tragedia, tampoco se sabe muy bien por qué. Porque eso era lo único que mi abuela me decía, era esa la única parte de la historia que seguía contando. No me daba más información ni tampoco la cambiaba.

No pude sonsacarle mucho más porque, al poco de hacerme esa confesión, mi abuela murió. Murió de vieja y de olvidadiza. Murió porque se le había vaciado todo el cerebro de recuerdos. Y yo aún recuerdo el día en que murió, a mi lado en el hospital; y recuerdo todo de ella en el tanatorio y en el cementerio, mi madre y yo las únicas presentes.

Publicado por

Isabel

Madrid, 6 de julio de 1993 - Estudié filología hispánica en la Universidad Complutense de Madrid y tengo la inmensa suerte de dedicarme a ella cuando no tengo que trabajar.

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